SUMIDOS EN LA MEDIOCRIDAD: ¿QUÉ PASA CON EL ATLÉTICO DE SAN LUIS?
El Atlético de San Luis no solo atraviesa una mala racha: atraviesa una crisis deportiva. Y aunque la solución parece lejana, las razones detrás de ella comienzan a ser cada vez más evidentes.
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Si las cosas no iban ni pintaban bien dentro del entorno del Atlético de San Luis, lo sucedido el día de ayer termina de fracturar una situación que desde hace tiempo pendía de un hilo entre la afición, la directiva y, sobre todo, entre los jugadores y el cuerpo técnico. El empate ante Pachuca no es solamente un resultado más: es el reflejo de un equipo que parece no encontrar rumbo y que, jornada tras jornada, sigue acumulando argumentos para cuestionar el proyecto deportivo que hoy encabeza la institución.
Desde su llegada al banquillo del Atlético de San Luis el pasado mes de junio, Diego Mejía, a escasos días de terminar agosto, continúa sin conocer lo que significa ganar como entrenador de la escuadra potosina. Y aunque sería injusto cargarle toda la responsabilidad por lo que está sucediendo, tampoco sería correcto eximirlo. Parte de la responsabilidad es suya, pero precisamente el título de esta columna nace de un cuestionamiento mucho más profundo: ¿por qué el Atlético de San Luis está sumido en esta situación y, sobre todo, por qué parece tan lejos de encontrar una solución?
Siguiendo aquella frase de que “el pescado se comienza a podrir por la cabeza”, considero que gran parte de lo que hoy sucede en San Luis tiene que ver con quien está al frente de la dirección deportiva, Iñigo Regueiro. Y sí, sería injusto desconocer que Regueiro ha tomado buenas decisiones en el pasado y que fue pieza importante en movimientos que terminaron siendo determinantes para los mejores momentos recientes del club. Pero precisamente por eso, resulta todavía más preocupante observar cómo las decisiones de los últimos mercados han terminado por construir un plantel y un cuerpo técnico que hoy tienen al equipo en una situación deportiva complicada.
Empezando por el entrenador. Un técnico joven, con poca experiencia y cuyo principal logro hasta antes de llegar a San Luis había sido conquistar la liga canadiense, un campeonato cuyo nivel competitivo se encuentra lejos de lo que representa la Primera División mexicana. Y aquí es donde surge una pregunta que sigo sin poder responder: ¿de verdad Diego Mejía era una mejor opción que Raúl Chabrand?
La decisión de no darle continuidad a Chabrand fue algo a lo que nunca terminé de encontrarle explicación. Si el objetivo era cambiar para mejorar, entonces el cambio tenía que representar un salto de calidad o, cuando menos, aportar algo que no se tenía. Y hoy, viendo los resultados, cuesta encontrar esa diferencia. Chabrand tenía argumentos que parecieron no ser contemplados por la directiva: conocía al plantel, ya había dirigido partidos y, sobre todo, conocía desde dentro la estructura y funcionamiento de una institución a la que llevaba tiempo perteneciendo. Cambiar por cambiar nunca ha sido una garantía de mejorar.
Pero regresando a la dirección deportiva, creo que otro de los factores que tienen sumido al Atlético de San Luis en su situación actual es la incapacidad para reemplazar a los futbolistas que han salido de la institución. Y sí, es completamente entendible que un equipo como San Luis tenga dificultades para retener a sus mejores jugadores. También es lógico pensar que futbolistas de determinado nivel puedan encontrar destinos más atractivos en el mercado. Lo que no parece normal es equivocarse una y otra vez en la misma zona del campo durante varios mercados consecutivos.
Algo de mala fortuna puede existir, por supuesto. Pero un equipo profesional no puede convertir la improvisación en una estrategia. No puede estar intentando solucionar carencias importantes repescando jugadores de la Liga de Expansión mientras existen posiciones que llevan tiempo pidiendo refuerzos de calidad, particularmente en la defensa.
Y basta con mirar hacia atrás para encontrar el problema. Desde aquella temporada en la que el Atlético de San Luis alcanzó las semifinales, la defensa ha sido uno de los sectores que más ha sufrido. Tres de los cuatro futbolistas que conformaban aquella última línea —Sanabria, Domínguez y Chávez— ya no están en el equipo. El único sobreviviente, Eduardo Águila, se encuentra hoy bastante lejos del nivel que mostró y de lo que en algún momento prometía convertirse en el joven defensor mexicano.
Aquí llegamos a otro punto importante. Entiendo perfectamente que San Luis no cuenta con una chequera ilimitada y que competir económicamente con otros clubes de la Liga MX es complicado. Pero en algún momento tiene que existir un esfuerzo. Porque si no puedes retener a tus mejores jugadores, entonces tienes que saber reemplazarlos. Y si tampoco puedes reemplazarlos con jugadores de calidad, el resultado termina siendo inevitable: cada mercado el equipo pierde talento y gana incertidumbre.
Este plantel tiene muy poca jerarquía. Tan poca que podría contar con los dedos de una mano a los futbolistas que considero realmente indispensables o capaces de marcar diferencia de manera constante. Y eso, en una liga como la mexicana, termina cobrándote factura.
En conclusión, los éxitos del pasado parecen haber creado una falsa sensación de que el modelo funcionaba por sí solo. Pero aquello ya pasó. El pasado no puede seguir financiando las decisiones del presente. Lo conseguido hace un par de años fue importante, pero también fue, en buena medida, un garbanzo de a libra que hoy necesita ser replicado con mejores decisiones y no simplemente recordado como argumento para justificar las actuales.
Hoy el Atlético de San Luis cuenta con una marcada inexperiencia tanto en el cuerpo técnico como en buena parte de su plantilla, mientras las necesidades de calidad y jerarquía se hacen cada vez más evidentes. Y con el calendario que viene, con rivales de mayor exigencia y un equipo que todavía no encuentra respuestas, el panorama no luce precisamente alentador.
No sé qué vaya a suceder en lo que resta del torneo. No sé si Diego Mejía terminará la temporada. No sé si Iñigo Regueiro buscará un fichaje de última hora o si la directiva estará dispuesta a replantear un modelo deportivo que durante los últimos dos años no ha acumulado prácticamente nada más que fracasos.
Pero sí hay algo que tengo claro: la afición del Atlético de San Luis puede aceptar una derrota, puede aceptar una mala temporada e incluso puede entender las limitaciones económicas. Lo que difícilmente puede aceptar es dejar de reconocer un proyecto que perdió el rumbo.
Porque una afición tan fiel como la de San Luis merece estar orgullosa de su equipo.
No estar sumida en la mediocridad.

