KortKort
Fútbol

LA TRAGEDIA DE FRANCIA 93, EL DIA QUE COLAPSO UN GIGANTE

En el Parque de los Príncipes, un diecisiete de noviembre de 1993, Francia y Bulgaria se jugaban un boleto rumbo a la Copa del Mundo que se disputaría en suelo estadounidense unos meses más tarde…

Juan Carlos Isordia

03 de abril de 2026 · 3 min de lectura

COMPARTIRWhatsAppXFacebook

Carlos Rebolledo Foyo

En el Parque de los Príncipes, un diecisiete de noviembre de 1993, Francia y Bulgaria se jugaban un boleto rumbo a la Copa del Mundo que se disputaría en suelo estadounidense unos meses más tarde, donde solo una derrota dejaría al conjunto galo fuera de la justa.

El duelo daría su inicio entre risas y un ambiente poco tenso, ya que minutos antes del silbatazo un gallo inclusive rondaba sobre el verde del estadio de la Ciudad de la Luz, en lo que se esperaba fuera una noche tranquila para la selección “gala”.

Corría el minuto 32’, Didier Deschamps haría una dura entrada sobre el lateral búlgaro Tsvetanov, mientras estaba tendido en el suelo retorciéndose de dolor. El árbitro dejó continuar la acción, dándole así la oportunidad a Francia de generar una jugada que terminaría en las redes gracias a Eric Cantona.

Los locales se ponían por delante y todo parecía indicar que sería una noche plácida en París.

Cinco minutos pasan. Bulgaria dispone de un saque de esquina. El lanzador, Balakov, busca el primer palo en el cobro, donde Kostadinov esperaba en ese punto exacto para, de cabeza, empatar el duelo con un remate certero a la escuadra del marco defendido por Bernard Lama.

Francia es consciente de que este resultado les daría la plaza en el Mundial; sin embargo, toda la parte complementaria estaba aún por disputarse…

Tras el paso por los vestuarios, los galos aprovechan su talento individual y someten a Bulgaria en un asedio que duraría gran parte del inicio del complementario, buscando el gol de la tranquilidad, que simplemente no llegaría.

Cada vez queda menos. Los franceses dan lectura de la situación y se tiran atrás buscando defender el resultado, viviendo a base de contragolpes durante el ocaso del duelo, en donde, a un minuto del final, Ginola obtendría una falta que, lejos de ayudarles y ganar algunos segundos, condenaría el destino de una generación de futbolistas.

Con el partido prácticamente decidido, los jugadores franceses sonreían previo al cobro de la falta, mientras que su país hacía las maletas rumbo a tierras norteamericanas.

Ginola recibía en corto. Es el jugador más talentoso y la pelota no le quema. El extremo francés centra, y el balón, cruzando fuerte todo el campo, termina en los botines del rival: era la última aspiración búlgara.

Nadie entendía la decisión del futbolista francés, pero solo tenían que aguantar unos segundos más.

Bulgaria, con solo tres toques, se encontraba en área rival, donde un trazo largo que Kostadinov controló magistralmente dejó al futbolista, en ese entonces del Porto, frente al arco. Antes de rematar, Laurent Blanc se tira al suelo para evitar el disparo, sin mucha fortuna; el delantero descosió la pelota, que se introdujo impactando en el larguero.

Un golazo había marcado Bulgaria ante un enmudecido Parque de los Príncipes, que no era capaz de asimilar el escenario que se estaba suscitando.

David Ginola miraba, pero no veía; oía, pero no escuchaba. Tenía la mirada perdida en esa acción, que de haber resuelto de mejor manera pudo haber enviado a su país a la Copa del Mundo.

En un lado, la noche más trágica en la historia del futbol francés: el día que colapsó uno de los grandes del globo.

En el otro, la ilusión de un combinado nacional búlgaro, que deslumbraría al mundo con un cuarto puesto en el Mundial de 1994.